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No listo para la emergencia

No listo para la emergencia

Al inicio de la pandemia, el Gobierno anunció la construcción de un gran hospital con 2.000 camas para atender a los pacientes con Covid-19. Pero el servicio no estuvo operativo cuando los salvadoreños llegaron a un pico de contagios que saturaron la red hospitalaria general. Actualmente, faltan médicos especialistas para cubrir las atenciones. Por Cecibel Romero

El 31 de mayo, el presidente Bukele invitó a los periodistas a que constataran el avance de la construcción del hospital, pero nunca dieron acceso a los medios. No se pudo ingresar ni siquiera el día de su inauguración. Secretaría de Comunicaciones

La noche del domingo 28 de junio, Humberto Cornejo, de 79 años, llegó con dificultad para respirar al Hospital General del Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS), en el centro de San Salvador. Uno de sus hijos lo había traído en su auto y cuando ingresaron al parqueo se enfrentaron a una imagen desoladora: decenas de pacientes eran acomodados en sillas para conectarlos a tanques de oxígeno. Todos luchaban por su vida a la intemperie y el personal de salud no se daba abasto para ayudarlos. Cuando le tocó el turno a don Humberto, el médico no tardó ni cinco minutos en examinarlo y le ordenó que se ubicara entre los pacientes con sospecha de Covid-19. Su hijo Marlon se negó a dejarlo en esa larga fila sin garantía de atención y regresaron a casa.

Durante toda la noche intentó buscar a sus contactos políticos para que su padre pudiera ser internado en el nuevo Hospital El Salvador, que había sido inaugurado por el Gobierno una semana antes como “el más moderno y grande de Latinoamérica para pacientes Covid-19”. Marlon Cornejo necesitaba actuar rápido porque, con el paso de las horas, el estado de su papá empeoraba. Sus niveles de oxígeno marcaban 55, cuando lo normal debe ser entre 95 y 100. Después entendería que por esa razón su conciencia disminuía y estaba a un paso de entrar en estado de coma.

Sus amigos que trabajan en el Gobierno le explicaron que no había forma de ingresar al flamante Hospital El Salvador y que todos los pacientes deben pasar primero por otro hospital que los refiera. Al día siguiente le ayudaron a gestionar un cupo en el Hospital Rosales, que durante 118 años ha sido el principal centro de salud de El Salvador, en el corazón de la capital.

El nuevo reto de Marlon Cornejo fue conseguir una ambulancia para trasladar a su padre. Pidió ayuda a la Policía, Cruz Verde, Cruz Roja, Comandos de Salvamentos y todos le decían que estaban saturados. No intentó llamar al 132, el número oficial que promueve el Gobierno, porque en los días anteriores le había decepcionado la atención. Finalmente, logró alquilar un servicio de ambulancia por 150 dólares con una aseguradora. Pero cuando llegaron al Hospital Rosales se tardaron una hora y media en conseguir una camilla y un tanque de oxígeno en el área de emergencia. Esa fue la última vez que Marlon vio a su padre.

La vida de todos los salvadoreños fue alterada el 14 de marzo, cuando se declaró el estado de emergencia y se decretaron las primeras medidas para contener el coronavirus. La estrategia sanitaria del Gobierno fue adecuar algunas áreas en todos los hospitales y construir un gran hospital exclusivo para la atención de pacientes con Covid-19 que evitaría el colapso de los otros servicios de salud.

“Para darles un ejemplo, en China, Wuhan, construyeron dos hospitales de 1.000 camas cada uno. Nosotros vamos a construir uno con 2.000 camas y 300 unidades de cuidados intensivos”, dijo el presidente Nayib Bukele el 15 de marzo en cadena nacional de radio y televisión. Se invertiría alrededor de 70 millones de dólares. “Esto es importante para salvar a la mayor cantidad de personas que serán infectadas tarde o temprano con esta pandemia”, señaló.

Pero el colapso no se pudo evitar. Los contagios se multiplicaron desde mediados de mayo y el número de casos se disparó cuando el gran hospital aún no abría sus puertas. Seguía siendo una promesa inconclusa que no pudo evitar la desesperación de decenas de familias a las que el sistema de salud no pudo atender. No hubo camas ni equipos disponibles.

A pesar de las readecuaciones en todos los hospitales de la red pública y del ISSS, estos servicios vivieron semanas de crisis entre mayo y julio porque carecían de ventiladores mecánicos. El Gobierno no ha publicado todas las muertes que se registraron en dichos centros por sospecha de Covid-19 y ha manejado las cifras con muy poca transparencia. Por ejemplo, sólo en junio murieron 106 personas en el Hospital Rosales con este diagnóstico. Y en el Hospital General del ISSS, 140. Según la estadística oficial, el total de fallecidos desde que comenzó la pandemia era de 182.

El 21 de junio el presidente Bukele inauguró la primera fase del nuevo hospital para cumplir con la promesa de entregarlo en cien días. Pero tuvo que pasar un mes para que se contratara al personal de salud que atendería las 400 camas de cuidados intensivos. Y aún es difícil. El país tiene unos 50 médicos intensivistas y sólo una decena trabaja allí. La carga por turno para cada doctor es de 20 a 30 pacientes.

“¿Por qué ya no hay fotos de personas en la calle sin camas? El nuevo Hospital de El Salvador descongestionó los demás hospitales públicos”, dijo el presidente Bukele el 9 de agosto, cuando anunció que se había terminado la segunda fase de implementación del nuevo hospital con 664 camas más. El mandatario no tomó en cuenta que el servicio recién estuvo habilitado cuando la curva de contagios ya estaba en descenso.

“Desafortunadamente, El Salvador desaprovechó la oportunidad de enfrentar la pandemia con las armas comunitarias que le dejó la reforma de salud de la última década”, dice la salubrista Karin Slowing. El Gobierno se enfocó en construir un hospital y desatendió el rastreo de contagios y diagnóstico temprano en los servicios primarios de salud que hubieran evitado que demasiadas personas en estado crítico llegaran a los hospitales.

Hasta ahora el Ministerio de Salud no ha compartido a los ciudadanos los modelos predictivos con los que analizó el momento en que la ocupación de camas se iba a desbordar; pero al parecer esa información tampoco la han tenido las instituciones médicas que forman parte del sistema de salud, de acuerdo a los detalles de un acta de reunión del Consejo Directivo del ISSS de mayo.

“Tenemos más camas UCI disponibles que todos los países de la región [centroamericana] juntos”, sostuvo el presidente Nayib Bukele el domingo 21 de junio, cuando inauguró la primera etapa del Hospital El Salvador. La ceremonia transmitida en cadena de radio y televisión empezó con el ingreso del mandatario junto a sus guardaespaldas por un largo pasillo de camas vacías. Luego de dar un discurso continuó el recorrido junto a médicos que le mostraron la moderna tecnología instalada para evaluar y llevar registros digitales de los casos. El lugar estaba lleno de funcionarios y no se dejó ingresar a los periodistas.

“Hay que esperar a que se terminen todos los detalles para dar una atención oportuna. Para eso [el hospital] tiene que estar 100% completo”, explicó la directora del ISSS, Delmy Zacarías, al día siguiente de la inauguración, cuando hubo reclamos de por qué seguían los hospitales del ISSS con enfermos en el suelo o en silla de ruedas si ya existía un nuevo hospital. “Las camas UCI serán para los pacientes delicados”, explicó.

Tres días después comenzó el traslado de los primeros once pacientes desde el Hospital San Rafael, pero tomó varias semanas contar con el personal necesario que cubriera todos los turnos y la capacidad de camas instaladas. “En apariencia estaba listo, pero en realidad le faltaba mucho para poder operar. Quienes lo corroboramos somos todos los que necesitamos el servicio y no lo conseguimos”, lamenta Marlon Cornejo.

En las primeras tres semanas de julio, los hospitales nacionales continuaron recibiendo decenas de personas con síntomas de Covid-19 y no se descongestionaron pese a que ya estaba inaugurado el nuevo Hospital El Salvador. “Sólo ayer tuvimos el ingreso de 51 pacientes graves. El hospital siempre está al límite”, declaró el 12 de julio, a la cadena de televisión TVO, el director del Hospital San Rafael, Yeerles Ramírez.

Ese centro asistencial ubicado en Santa Tecla, al poniente de la capital, tenía sólo doce camas UCI y seis espacios de cuidados intermedios. “No hay capacidad para atender a tanto paciente con necesidad de un ventilador mecánico”, dijo Ramírez. Para entonces habían pasado veinte días de la inauguración de la primera fase del nuevo hospital de El Salvador, donde se mostraban 400 camas, 105 en cuidados intensivos y 295 en intermedios. Sin embargo, aún se necesitaba completar varias necesidades para su funcionamiento. Solamente habían llegado 47 de los 150 ventiladores para cuidados intermedios, según los registros del ISSS, la entidad pública que gastó más de cinco millones de dólares en estos equipos.

El 25 de julio el ministro de Salud, Francisco Alabí, encabezó una actividad que buscaba mostrar en televisión cómo un grupo de ambulancias llegaba al nuevo hospital con unos cincuenta pacientes referidos de distintos establecimientos de la red nacional. Ese día el resto de servicios sanitarios recién empezó a tener menos pacientes críticos.

Sin embargo, tuvieron que pasar tres meses más para que se complete la infraestructura del nuevo hospital: a mediados de octubre se implementarán 1.000 de las 2.000 camas prometidas.

Las estadísticas oficiales de la página covid19.gob.sv no muestran el verdadero comportamiento e impacto de la enfermedad en El Salvador. El subregistro de contagios y muertes se ha evidenciado con las historias en los cementerios y las contradicciones del discurso de las autoridades sanitarias con lo que sucedía en los hospitales.

El Gobierno no ha querido difundir los datos de fallecidos registrados en los diferentes servicios de salud que tuvieron una alta demanda desde finales de mayo y que nos acercarían a una aproximación más real de casos.

Por ejemplo, mientras el sitio oficial publicaba que habían 136 fallecidos en junio, el Ministerio Salud (Minsal) registraba que sólo en la región metropolitana se enterraron 738 cuerpos de personas fallecidas por sospecha de Covid-19. Es decir, cinco veces más que el conteo oficial ese mes en todo el país.

Los videos de las visitas de personal del Minsal a diferentes comunidades para recoger cuerpos de personas fallecidas en casa también se compartían en esos días. De los 738 fallecidos en junio, 58 murieron en sus viviendas. Por eso se les ubica como levantamientos comunitarios. En abril no se reportó ninguno en esta categoría; y en mayo, sólo dos.

Esta información fue obtenida por una petición de acceso realizada por la organización Tracoda. Los datos entregados corresponden a abril y los primeros días de julio. Los fallecidos por Covid-19 reportados en el sistema del Minsal, sólo en la región metropolitana de San Salvador, del 1 al 5 de julio, fueron 193; de los cuales 18 fueron levantamientos comunitarios. El Gobierno, en cambio, divulgó que en esos primeros días de julio sólo hubo 41 fallecidos por coronavirus.

“En este momento no hay credibilidad. Se desvían los datos y se procesan en Casa Presidencial”, afirma el exviceministro de Salud Eduardo Espinoza, quien lamenta que no se haya aprovechado el sistema de información epidemiológica que se creó en la primera gestión del gobierno de izquierda FMLN.

A diferencia de otros países, donde las autoridades de salud actualizan y responden dudas a la prensa, en El Salvador los números de la pandemia llegan en hilos de tuits a altas horas de la noche a través de la cuenta de Twitter del presidente Bukele. Pero no se informa el perfil de los fallecidos para conocer los grupos de la población más afectados por género, edades y zona geográfica.

En El Salvador, el manejo de la epidemia hubiera obtenido mejores resultados si se incluía en la estrategia sanitaria a los Equipos Comunitarios en Salud (ECOS), creados durante la reforma de salud impulsada en la última década, dice la doctora Karin Slowing.

Más de 570 de estos equipos eran desplegados como un sistema de atención itinerante con médicos generales, enfermeras, promotores de salud, ginecólogos y psicólogos que visitaban semanalmente a las familias en los lugares más excluidos del país. Vigilaban enfermedades, llevaban controles de mujeres embarazadas, niños y ancianos. Educaban a las personas para prevenir enfermedades y referían a los pacientes a controles en las unidades u hospitales más cercanos cuando era necesario. Los ECOS cubrían el 71% de los 262 municipios más pobres del país, de acuerdo con el mapa de pobreza que levantó el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo.

Cuando se decretó la emergencia por el coronavirus, los ECOS dejaron de funcionar, confirmó a Salud con lupa personal que desempeñaba estas labores y que ahora permanece en las unidades de salud. En dichos centros de atención se suspendieron las consultas externas por otras enfermedades durante cuatro meses. “Los equipos comunitarios y el personal del primer nivel de atención tendrían que haber seguido funcionando, pero no fueron fortalecidos”, afirma el exviceministro Espinoza.

En la última década, El Salvador tuvo también equipos de respuesta rápida para el control de las epidemias de dengue, zika y chikunguya. Eran 26 equipos de investigación epidemiológica que levantaban alertas sanitarias focalizadas en distintos municipios, para que las unidades de salud, alcaldías y otros actores sociales participaran en acciones contra la enfermedad.

La medida de controles sanitarios en zonas específicas fue desechada por el actual Gobierno. Su estrategia fue prolongar el estado de emergencia y una cuarentena estricta en todo el país. El presidente Bukele se llegó a burlar de las iniciativas que implementaron algunos alcaldes, como los de Soyapango y San José Villanueva, cuyo personal de salud buscó enfermos casa por casa para dar recomendaciones y medicamentos.

“Las pandemias no se controlan ni se ganan en los hospitales. Se ganan en las comunidades”, dice el presidente del Colegio Médico, Milton Brizuela. Este colegiado fue marginado por el presidente Bukele debido a las críticas que realizaba sobre el manejo de los centros de contención y la vigilancia epidemiológica.

La doctora Slowing indica que, aunque en Guatemala y Honduras apostaron por los hospitales de campaña y no una infraestructura permanente como El Salvador, cometieron el mismo error de enfoque: “Teníamos que habernos concentrado en minimizar la cantidad de personas en estado crítico. Eso significaba hacer mejores rastreos para el diagnóstico temprano”, sostiene.

El Gobierno no planificó bien la demanda de personal de salud que requiere un hospital de gran envergadura. “El pico de contagios se dio, muchas personas necesitaron ser hospitalizadas y nunca se habló de cuánto personal especializado requería un hospital como el que se construyó”, dice el doctor Brizuela.

El doctor Manuel Bello, jefe de la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital El Salvador, confirmó a Salud con lupa que la última semana de agosto ya disponían de 400 camas UCI para pacientes críticos y 700 camas para pacientes que sólo necesitan oxígeno. Pero el país no cuenta con suficientes médicos intensivistas. Bello calcula que son unos cincuenta. Seis están contratados a tiempo completo y nueve laboran por horas en el nuevo Hospital El Salvador.

“El intensivista tiene a su cargo otros médicos y sólo está supervisando el trabajo de esos médicos. Eso ya lo sabíamos, que nos íbamos a valer de la telemedicina”, señala. Por turno, cada intensivista debe dar seguimiento a unos 20 a 30 pacientes, dependiendo de los ingresos.

Andrea Romero, de 20 años, estuvo diez días en el Hospital El Salvador la última semana de agosto y confirma las dificultades del personal de salud para poder atender a los pacientes que sufren otras complicaciones. “Los médicos que te atienden tienen que hablar por teléfono con otros colegas”, comentó. Ella se enfermó en la etapa en que la curva de contagios había bajado. Por eso, no le costó ingresar al Hospital San Rafael, y de allí la refirieron al nuevo hospital para pacientes con Covid-19. Le hicieron la prueba pero nunca le confirmaron que había dado positivo. Su expediente decía: “Neumonía por sospecha de Covid-19”. Su abuelo, de 69 años, murió en el nuevo Hospital El Salvador y el acta de defunción dice también lo mismo.

La joven cuenta que otra de las pacientes que estuvo en la misma área que ella tuvo complicaciones renales y se quedó internada porque aún estaba pendiente que un nefrólogo llegara a evaluar su padecimiento. El modelo de gestión del hospital ha recibido críticas de parte del Colegio Médico por no contar con servicios especializados. Según la planilla de contrataciones, el Hospital El Salvador cuenta con tres internistas a tiempo completo y 34 que resuelven necesidades por horas. El resto es personal de enfermería, radiología, laboratorio clínico, nutrición, técnicos en anestesiología y administrativo.

Aunque las cifras de casos y muertes no han sido transparentes, el presidente Bukele insiste en que su proyecto y manejo ha sido exitoso y llegó a tiempo. “En el punto más alto de la pandemia, El Salvador no ha sufrido un colapso del sistema público de salud, y esto es porque remodelamos los 30 hospitales nacionales, construimos cuatros hospitales y las dos primeras fases del Hospital El Salvador”, dijo.

Las vivencias e historias de muchas familias lo refutan. “Ya tenías el hospital del que hablabas tanto y no ocuparlo para ver cómo bajaba la carga en el resto, donde estaba la gente tirada en el suelo, fue frustrante”, dice Marlon Cornejo. Su padre falleció el martes 30 de junio, nueve días después de la inauguración del nuevo hospital.

Octobre 2020


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