El rostro de un "nini"

Ser joven en una comunidad dominio de una mara: Sin trabajo y con poca posibilidad de educarse. La realidad de pobreza, desempleo y violencia.

Por Cecibel Romero

En noviembre del año pasado conocí a varios jóvenes de la comunidad Montreal y de otras colonias pobres en Mejicanos. Ya de alguna manera les había llegado la noticia de que el gobierno lanzaría un programa de apoyo a los jóvenes de ese municipio. Uno de ellos iba platicando de eso mientras nos dirigíamos a un partido de fútbol en Nejapa.

No crean que montar un partido entre dos municipios es tarea fácil. Los organizadores habían hablado con los jóvenes en Nejapa para garantizar que se respetara el encuentro futbolístico. Por prevención, los jóvenes de Mejicanos que asistieron al encuentro dejaron sus documentos de identidad en una oficina de ese municipio.

En esa época, el joven estaba tomando un curso para aprender a conducir motocicleta. En ese curso, además de encontrar el equilibrio, entender los cambios de velocidad y la mecánica de una moto, los chicos deben aprender la nomenclatura de San Salvador y las reglas de tránsito para un posible empleo de repartidor o mensajero. Esa opción de formación se la había dado gratuitamente el Centro de Formación de la Asociación Pasionista. En los últimos años, muchos de estos jóvenes que han pasado por el curso quizás después le han entregado a usted una pizza o algún otro pedido de comida rápida.

También hay cursos para chicos y chicas en los que se les enseña los oficios de mesero-bartender o chef, o en los que se imparte cosmetología, panadería o pastelería.

Este joven espigado, que pasa buena parte de la tarde peloteando con sus amigos en una cancha polvorienta, no había podido terminar bachillerato por el acoso de las pandillas. Él bajaba de la Montreal, dominio de la Mara Salvatrucha, al Instituto Nacional del centro de Mejicanos, territorio del Barrio 18. Se sabía siempre en la mira y no quiso tener un día de mala suerte. Intentó volver a las aulas el siguiente año y se matriculó en el Instituto cercano a la Universidad de El Salvador, pero las nuevas y cada vez más numerosas anécdotas de amenazas en el camino atemorizaron a su madre y a la abuela. Se quedó a pocos meses de obtener el título de bachiller.

Al terminar los cursos vocacionales de cuatro meses, este Centro de Formación intenta conectar a los jóvenes con diversidad de empresas. Los alumnos también reciben apoyo para elaborar su currículum y enfrentar su primera entrevista de trabajo. Les indican que claramente hay empresas que no aceptan jóvenes con tatuajes, piercings y hasta ciertos tipos de corte de cabello. También les sugieren que lleven lista una dirección alternativa que dar, por si el entrevistador considera que el lugar de residencia (y las reglas que imponen las pandillas para circular) sería un obstáculo a la hora de repartir el personal en vehículos de la compañía. Pueden decir que para cuando hagan turnos nocturnos el traslado en el transporte de la empresa los lleve a la vivienda de un familiar en una colonia “no tan peligrosa”.

La habitación de este joven (que también es la habitación de sus papás) está llena de trofeos y medallas de torneos de fútbol locales. Por supuesto, la toalla y ropa de cama tienen estampado el logotipo del Barcelona. Sus padres pasan todo el día afuera en empleos con salario mínimo. La abuela se encarga de echar un ojo a los adolescentes.

En uno de los recorridos en moto para conocer la ciudad y practicar cómo enfrentar dificultades en las calles, los jóvenes se detuvieron en el mirador de la calle a Huizúcar. Desde ese punto en el sur de San Salvador, contemplaron extasiados los edificios y el otro lado de la ciudad que ellos nunca miran.

Por la tarde fui yo quien se quedó extasiada al ver el atardecer desde la cima del cerro de la colonia Montreal, al norte de San Salvador. Para llegar ahí hay que pasar por muchas casas construidas a la brava y con materiales reciclados. Muchas llantas viejas sirven de gradas y de mecanismo de protección contra la erosión. Casas sin agua en sus casas ni tuberías de aguas negras. Sin agua en sus casas a pesar de que a pocos metros está uno de los tanques gigantes de la compañía estatal que provee agua potable, la ANDA.

Hasta hace poco esa mole de concreto era el lienzo perfecto para indicarle a la comunidad y al resto de vecinos quién manda allí. En febrero de 2015 la Policía asesinó en la Montreal a dos de los cabecillas de la mara y luego echó pintura sobre la pared del tanque para borrar la M y la S. El Estado llegó a tapar un poco la realidad, pero no llevó cañerías ni drenajes de aguas negras. Aun después de los operativos, si usted tiene un problema de salud en la noche, dígale a “los muchachos” (que ya tienen nuevos líderes), y ellos se encargan de poner un vehículo a su disposición para el viaje al hospital. Es decir, la realidad de pobreza, desempleo y violencia sigue allí.

Desde la cima del cerro de la Montreal destacan a lo lejos (en línea hacia el poniente, donde se oculta el sol) las torres de apartamentos del final del Paseo General Escalón (algunos las llaman torres Hershey) iluminadas a fuego lento. Desde ahí o desde las casas que rodean las torres es imposible detectar los cercos invisibles que encorralan a estos padres y a sus hijos en la Montreal. Estos padres y estos hijos que no son pandilleros pero que día a día se juegan la vida e intentan encontrar una salida digna, labrarse un futuro. Estos jóvenes que un día se ven forzados a dejar la escuela y que, aunque busquen empleo, solo suelen encontrar rechazo. Hay que meterse muy adentro para lograr ver las historias detrás de las dos sílabas cacofónicas Ninis.

La última vez que vi a aquel joven de 19 años fue a inicios de diciembre, el día de la graduación cuando decenas de muchachos y muchachas sonreían con sus certificados. No sé qué ha sido de él. Pero recuerdo claramente que su temor no solo era a que lo matara algún pandillero, sino también a los policías. A los agentes del Estado. Les temía porque cuando estos miraban su DUI y leían que vive en la Montreal se convertía automáticamente en “sospechoso”. Pero esa es otra historia. Si aquel joven no logró ubicarse en un empleo, ahora podría ser un candidato perfecto para el programa “Jóvenes con todo”. Se merece una oportunidad. Una.

El Faro, 30.6.2016